¿Cómo hizo Ud. su primer millón? Esta es la pregunta del siglo (o del millón). En este Perú en vías de modernización, con decenas de miles de pequeños y medianos empresarios informales transformándose de la noche a la mañana en visibles actores del quehacer económico nacional, muchos de ellos no son, ni serían capaces de responder con un nivel mínimo de credibilidad a tan vital pregunta.
Los hermanos Sánchez Paredes, por ejemplo, se encuentran en problemas judiciales porque no pueden demostrar que su actividad de pesca artesanal durante la década de los 80 generó los recursos necesarios para solventar la compra de minas de oro, empresas inmobiliarias, caballos de paso y una bien ganada fama de "nuevos ricos". Es decir, no pueden responder coherentemente a la pregunta de cómo hicieron su primer millón. Igual cosa sucede con el ex alcalde de Tarapoto, Luis Váldez, cuyo desbalance patrimonial tiene un claro tufillo a pecado original "blanco". Y no olvidemos, no se vaya a molestar, el caso del ex dueño de la línea aérea AeroContinente, hoy procesado por el delito de lavado de dinero.
Los casos mencionados son apenas los que por su extraordinaria notoriedad están en la punta de la lengua de todos. Pero la realidad es todavía más preocupante. Detrás del surgimiento de una nueva clase empresarial, se esconde una clara estrategia de "formalización" de las actividades no santas de algunas "familias", que habiendo empezado su "actividad empresarial" comercializando un kilito de polvo blanco buscan ahora "blanquearse" estableciendo empresas "legítimas y formales", de esas que pagan sus impuestos a la Sunat y que abundan disfrazadas de casinos, casas de cambio, spas y restaurantes, entre otros.
Son esas empresas a las que la Unidad de Inteligencia Financiera de la Superintendencia de Banca y Seguros monitorea con acuciosa meticulosidad, sospechosas de ser la cara linda de una actividad de lavado de dinero que representa, según algunos cálculos conservadores, casi el 5% del PBI nacional.
Este estado de cosas, esta sospecha de que un nuevo emprendedor exitoso se explica probablemente por pecadillos de juventud, hace que en el Perú de hoy corramos el riesgo de distorsionar la figura del "self-made man" norteamericano. Allí, en el país de las oportunidades, donde un peruano que pateaba latas en Lima se convierte, luego de algunos años y mucho esfuerzo, en uno de los principales transportistas de la Gran Manzana neoyorquina, la figura del hombre que se hace a sí mismo aprovechando las oportunidades que la sociedad le ofrece, es poco menos que reverenciada.
Aquí, desafortunadamente, la sociedad ofrece todavía muy pocas oportunidades (de educación, de infraestructura básica, de acceso a capital de riesgo, etc.) y, por el contrario, a menudo impone restricciones producto de su historia y sus atavismos culturales (la discriminación soterrada y la ausencia generalizada de una cultura meritocrática). De allí que el progreso legítimo y esforzado de miles de empresarios que desde la informalidad han transitado el camino hacia la formalidad, las mejores prácticas, el acceso al crédito y el éxito económico no sea visto necesariamente como causa de celebración, sino más bien de sospecha.
Sospecha que, por lo explicado líneas arriba y por la preeminencia del "capital de riesgo producto del narcotráfico y/o de otras actividades no muy santas" no pueden ser simplemente desestimadas. Se trata de sospechas legítimas que requieren una labor conjunta de la sociedad para evitar que se mezcle el agua y el aceite, y que el cáncer de la corrupción localizada haga metástasis y contamine el ya mermado cuerpo institucional del país.
Las encuestas de opinión lo dicen y los diarios lo retratan día a día: existe cada vez más una sensación de corrupción generalizada. Y usted, amigo lector, ¿cómo hizo su primer millón?
Por: Carlos A. Anderson




