¿Qué es en realidad lo que se llama envidia? En pocas palabras, es desear intensamente algo que tiene el otro. Es un sentimiento que todos hemos tenido alguna vez y que se resume en la frase: “el pasto del vecino siempre es más verde que el nuestro”. Intensa o suave, verde oscuro o verde clarito, la envidia es uno de los sentimientos más universales; nadie podría decir que no ha envidiado algo en algún momento.
Es cierto que hay una envidia mala, la que nos pone verdes, con la cara enfurruñada, los ojos entrecerrados y la boca apretada; la que nos quita la paz porque nos lleva al descontento con lo que tenemos. Si nos quedamos en ella nos paralizamos y arriesgamos convertirnos en una especie de gusano humano que se siente inferior, está siempre malhumorado y no se conforma con nada porque todo lo ajeno es mejor.
Y, aunque a veces discutida, existe otra, la que podemos llamar envidia buena, sana, que nos estimula a imitar a un modelo admirado. Es la que nos hace decir: “Qué capaz, qué trabajadora, qué elegante es, quisiera ser como ella”. Esa es la envidia positiva que nos lleva a superarnos.
Dicen que no hay que envidiar. No estoy tan segura. Yo sé que a veces puedo envidiar bien, casi profesionalmente. Por las dudas, aclaro que no envidio el dinero, las casas, los autos, los viajes, la ropa, nada de eso. Me dedico a envidiar solamente lo que no se puede comprar y ése es el verdadero problema: envidiar inútilmente.
Lo voy a ejemplificar porque soy experta, me dedico a ello, tengo mi propia colección de envidias irremediablemente inútiles.
* Envidio el pelo de la gente desde que era muy chica. Para que quede claro, vivo convencida de que la mayor parte de la humanidad tiene un pelo mejor que el mío, más fuerte, más pesado, más lacio o sus rulos se les arman mejor que a mí. Esta es una envidia genéticamente inútil.
* Envidio la estupidez. Porque estoy profundamente convencida de que los que no son ni siquiera un poco inteligentes andan felices por el mundo sin cuestionarse, sin pensar en lo que van a decir y pueden hacer cosas inimaginables con total soltura. ¡A mí me da mucho trabajo parecer inteligente todo el tiempo!
* Envidio a ciertas personas que no tienen más de cuatro prendas diferentes y están siempre bien arregladas y elegantes. Me da envidia, además, porque logran viajar con un bolso que a mí no me alcanza para los cosméticos y la ropa interior.
* Envidio el talento. Si escucho una voz maravillosa, si veo los dibujos de un artista genial, les envidio la capacidad innata, eso que se llama el don; el oído perfecto, la mano, la voz. Aunque no ignoro que junto con eso hay un trabajo enorme y constante, les envidio el toque divino.
Algunas ayuditas para no caer en la envidia mala (que intentaré poner en práctica a partir de hoy...)
* No idealizar a los demás. ¿Quién no ha envidiado a alguna pareja cercana que parecía maravillosa hasta que un día nos enteramos de que se divorcian y ¡Oh, sorpresa!, El le pegaba o ella tenía dos amantes?
* Reconocer las propias aptitudes y limitaciones. ¿Para qué voy a envidiar a mi amiga chef si odio picar cebollas? Yo soy buena cuidando las plantas, mejor es disfrutar de que elogien mi jardín.
* Tener claro con quién me comparo. Si mi sueño es ser artista o cantante y mis modelos son Picasso o María Callas es posible que viva totalmente frustrada. Es igual que querer ser princesa como Carolina de Mónaco.
¿Cuáles son tus envidias inútiles?
Por: Daniela Di Segni
Fuente: Divertidas




