No sé realmente en que punto de la vida aprendemos a callar lo que queremos. Cuando somos bebés y tenemos hambre o estamos incómodos no tenemos miedo de externar nuestras necesidades. Lloramos al punto de quedarnos sin aire, pero generalmente conseguimos lo que queremos. Al ir creciendo vamos aprendiendo que pedir lo que necesitamos de forma directa, sin eufemismos, suele verse como descortesía, o peor nos muestra como niñas caprichosas, demasiado necesitadas de atención, como brujas mandonas o dominatrices despiadadas.
Hace poco platicando con una de mis mejores amigas me confesó que últimamente sentía que su marido, con quien apenas lleva 2 años de casada no le hacía suficiente caso. Él trabaja demasiado y ella se siente abandonada, sobre todo ahora que está embarazada y decidió dejar de trabajar un tiempo. Le pregunté “¿se lo has dicho?, ¿le has pedido más atención?”, me contestó “¿cómo crees? Va a pensar que soy demasiado demandante o que no estoy feliz, y no es eso simplemente quiero más tiempo con él.” Me explicó que en vez de hablar ha tratado de esperarlo siempre a cenar, vestirse más arreglada en las noches y le llama más a su oficina.
Obviamente mi amiga tiene un problema, ella cree que mandando estas señales él va a entender que necesita más atención y se la va a dar, pero por lo visto él no se ha dado por enterado. Supongo que al llegar a casa está tan cansado que ni se entera. Sería mucho más fácil que hablaran la situación y ella se dejara de rodeos.
¿Por qué tenemos miedo de ser directas? ¿Por qué no podemos aceptar que deseamos algo y simplemente pedirlo? ¿Por qué muchas veces nos sentimos avergonzadas de necesitar algo, lo que sea, ya sea ayuda, afecto, sexo, atención? ¿Por qué incluso nos da miedo expresar nuestras verdaderas opiniones?
No falta la amiga que nos dice “Estoy gorda” y nosotros le contestamos “Para nada estás perfecta” en vez de confesar lo que realmente pensamos que es “En efecto, te has pasado un poco de kilos y si no te sientes feliz entonces por qué no haces un esfuerzo para bajarlos.” Nos asusta que si lo decimos esa “amiga” deje de serlo.
Juzgar a las mujeres que dicen lo que piensan como las brujas del cuento es nada más que una conducta aprendida, porque en realidad debiéramos valorar mucho más la franqueza y la verdad. La confrontación en nuestra sociedad no se ve bonita, no es femenina. Pero la realidad es que si aprendiéramos a expresar lo que queremos sin miedo, también podríamos aprender a escuchar las opiniones de otros sin sentirnos ofendidas. Nos ahorraríamos tantos problemas…
El otro día escuché una historia sobre una mujer cuyo marido siempre andaba tras otras. Ella en vez de confrontarlo, pues le daba vergüenza la humillación de tener que pedirle exclusividad, solía quedar embarazada pensando que un hijo más lo traería de vuelta. Después de tener a su tercer hijo, él se fue. Más le hubiera valido ser la bruja del cuento desde el principio pidiendo lo que quería o mandándolo a volar.
Una vez que pierdes el miedo a decir lo que quieres, que puedes reconocer tus necesidades y deseos frente a otros, te das cuenta de que llegas más lejos. No se trata de ser descorteces o lastimar a otros, simplemente lo que pasa es que dejas de guardar lo que te llena a ti en el cajón de las cosas que “no son tan importantes” con tal de mantener una supuesta “armonía” ya sea con tu pareja, hermanos, hijos o amigos.
Las mujeres que saben expresarse suelen ser más exitosas en el trabajo y si son acertivas también en sus relaciones afectivas. Las que no, suelen llenarse de rencor y frustraciones. No es tan difícil, una vez que comienzas a hablar sin rodeos te das cuenta de que puedes ser más tu, es tan liberador que después no puedes dejar de hacerlo.
Y tu ¿crees que a veces las mujeres nos andamos con demasiados rodeos? o ¿consideras que una mujer directa puede parecer grosera?
Por: Eugenia Correa
Fuente: Guía de Supervivencia




