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Pareja, trabajo en equipo

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En un artículo anterior hablé sobre cómo la repartición de tareas en casa puede ayudarnos a saber si hay equidad en la pareja. Después de leer los comentarios de algunos lectores, llegué a la conclusión de que, en teoría, todos estamos a favor de la equidad: ellos no quieren parecer machos, ellas quieren conservar su autonomía; ellos quieren participar en la construcción de su familia y asumir su rol de padres, y ellas no quieren convertirse en supermujeres que terminan el día exhaustas después de una triple jornada de trabajo, casa e hijos.

Pero si pasamos a la práctica, ¿qué ocurre cuando uno de los dos gana menos que el otro? ¿En dónde queda el principio de equidad cuando llega el primer bebé y es ella quien pone un alto en su carrera para criarlo? ¿En dónde queda la confianza cuando uno de los dos no cumple con su parte de los acuerdos? Generalmente, cuando nos enfrentamos a los problemas del día a día, las parejas jóvenes terminamos resolviéndolos con esquemas antiguos que no corresponden del todo a nuestra realidad.

En los países latinoamericanos, a diferencia de otras latitudes, apenas estamos comenzando a cuestionar el modelo de pareja que vivieron nuestros padres y abuelos. Ventajosamente, ahora que todos los esquemas están inciertos, es cuando tenemos mayor oportunidad de reflexionar acerca del modelo de pareja que queremos construir, basándonos en nuestra propia realidad y sin pensar que, del otro lado, el pasto es más verde.

Diferencias que enriquecen

Afirmar que somos iguales no quiere decir que pretendamos ser idénticos. Hoy en día, un hombre sabe cambiar pañales y una mujer conduce un tractor. Y eso no nos hace idénticos. Aunque ciertos roles sean intercambiables, cada quien sigue haciendo las cosas a su manera y conserva su forma de actuar, pensar, soñar, comunicarse y ver la vida.

Si algo aporta riqueza a una relación son dichas diferencias. La desigualdad (pensar que el hombre no tiene la capacidad de criar a un bebé, o que una mujer no es capaz de ser exitosa profesionalmente), en cambio, empobrece a la pareja, la vulnera y termina por lastimar profundamente a uno de los dos.

Cuando se comprende el valor de la diversidad en la sociedad, las diferencias entre individuos se miran como riqueza y no como una amenaza que debe anularse; esa misma actitud es la que se lleva a la pareja y se transmite a los hijos. Así, aprender a mirar al otro como una persona única e irrepetible, no como un estereotipo determinado por lo que la sociedad -o uno mismo- espera de él, ayuda a evitar la desigualdad en la pareja, ya que se establecen menos expectativas basadas en roles de género tradicionales y cuestionables hoy en día.

¿Qué pasaría si volviéramos los ojos al misterio que representa nuestra pareja? ¿Quién es, quién quiere ser, qué le gusta hacer, cuáles son sus habilidades, qué tareas disfruta, en qué momentos pone de su parte, cuáles son sus resistencias? Tal vez, si confiáramos más en los intereses y habilidades de la persona con la que compartimos la vida, sería más sencillo el día a día. Simplemente, la repartición de tareas se haría en función de las posibilidades de cada individuo, y no, como decían los abuelos, en "las labores propias de su sexo".

Romper algunas reglas, crear otras

Para iniciar esta búsqueda de nuevas reglas, quisiera comenzar con tres ideas que se tienen sobre la pareja actual

1) Mitad y mitad

No sé en qué momento se estableció la extraña regla de pagar todo mitad y mitad. Desde el momento en que vivimos bajo el mismo techo, ya estamos poniendo muchas cosas en común, como los muebles, la vajilla, la casa misma. Sin embargo, casi siempre uno de los dos gana más que el otro, y el esquema de 50-50 tiende a generar injusticias: uno gasta menos y puede ahorrar, mientras que el otro apenas alcanza a cubrir su parte. Valdría la pena que cada pareja cuestionara la regla del 50-50 y la adaptara a sus ingresos y egresos. Si se hace un presupuesto desde el principio, se pueden evaluar los gastos y hacer una repartición proporcional a lo que gana cada quien.

2) ¿Contrincante o compañero?

Una pareja es un par, un compañero, no un contendiente al que se tiene que vencer en las discusiones. Aquellos que vivieron una suerte de "guerra fría" entre sus padres, saben cuánto daño puede causar esta suerte de competencia. Por otro lado, tampoco se le puede pedir a la pareja que sea nuestro mejor amigo, hermano, amante, buen padre, psicólogo... La función de una pareja, nos guste o no aceptarlo, actualmente está sobrevalorada, y el riesgo de salir decepcionado al no ver cubiertas nuestras expectativas es bastante alto. Vivir en pareja implica, antes que nada, mirarnos mutuamente con humildad para asumir, desde un inicio, que nuestra pareja no puede darnos todo lo que buscamos en la vida, pero que puede acompañarnos en el proceso de hallarlo.

3) Responsabilidad compartida

Por lo menos en los juegos, ya se sabe que culpar al compañero de equipo no ayuda a ganar puntos; se requiere asumir responsabilidades con madurez y buscar soluciones en conjunto, ser suficientemente honestos como para aceptar que, si la relación no está funcionando, es porque ambos tenemos algo de responsabilidad.

No sé si existan recetas o esquemas ideales para la vida en pareja, sin embargo, creo que pensarnos como un equipo ayudaría a aligerar la carga que hemos heredado de los modelos anteriores. Pensar que la pareja actual es un espacio en el que reinará la equidad, desafortunadamente, es una ilusión. Quizás podríamos partir de la idea que la pareja es una construcción cambiante, un diálogo en el que participan personas responsables de su propia vida, sus actos, sus emociones y decisiones.

Por: Luza Alvarado

Fuente: Pasionaria

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