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¿Rendidos a mis pies?

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He leído un artículo que aconseja cómo hacer para lograr que los hombres caigan rendidos a tus pies y lo primero que se me ocurrió fue preguntarme fue si existirá una manera de que caigan a mis pies. Después me pregunté si realmente querría que cayeran rendidos a mis pies. Finalmente me planteo, suponiendo que esos consejos sirvan, ¿qué se supone que tendré que hacer cuando los hombres estén acumulados en una gran pila a mis pies?

Algunos de los consejos que me dan en la nota son: debo dejarme seducir, no reírme de él, conservar mi vida propia y amistades, respetar sus gustos si quiere ver fútbol y dormir hasta tarde los fines de semana, escucharlo y acompañarlo, aunque sea a un partido. Debo mantener ardiendo la pasión y jamás rechazarlo en la cama, no debo mentir y no debo asfixiarlo, ni tomarlo como confesor, menos aún, descalificarlo ante los demás aunque diga estupideces.

Hasta acá llegué. Juro que no pude seguir. En primer lugar porque no estoy nada segura de querer que los hombres caigan a mis pies. En realidad sé que no lo quiero porque no me atrae ese tipo de hombre...

Y me sigo preguntando. Si quiero seducirlo yo, ¿no puedo? Si me quiero reír con él, no de él ¿está bien? ¿Por qué no va a respetar él mis gustos y acompañarme a caminar o al campo o al shopping los fines de semana? ¿Quién me acompaña a mí? ¿Dónde está escrito en la Constitución Nacional que todo lo tengo que hacer yo? ¿Debo estar siempre lista, como un buen boy scout, aunque no tenga ganas  y me duelan la garganta, la cabeza o la barriga? ¿No es una determinación mía también el sexo?

Por último, si no puedo contarle mis cuitas, ¿busco un amante para que me escuche? Y si dice estupideces en público, ¿tengo que hacérselo notar en privado o tengo que huir despavorida en dirección opuesta?

Tengo una amiga que quedó muy desconcertada un día en que un muchacho le dijo que ella era diferente de los demás porque salía a elegir, no a ser elegida. Creo que de eso se trata. Nos acunaron con los cuentos donde las princesas eran elegidas, por el zapatito de cristal, por un príncipe que las buscaba por todas partes hasta caer rendido a sus pies. Ahora que quedan pocas princesas, las plebeyas queremos elegir en igualdad de condiciones. Pero nadie sabe bien qué hacer. ¿Nos sentamos modositas y esperamos que nos saquen a bailar? ¿Tomamos la iniciativa y sacamos a bailar nosotras? ¿Nos dedicamos a otra cosa y dejamos fluir?

Hay cosas que de tan elementales parecen tontas. Si encontrar un hombre que me guste y entienda fuera tan fácil como leer un decálogo de consejos infalibles, y aplicarlos al pie de la letra, nunca estaría sola. O todas estaríamos acompañadas todo el tiempo. El amor sería muy fácil si viniera con manual de uso e instrucciones. Pero no es así.

Si las instrucciones me sugieren que haga tal o cual cosa (desde cambiar el color de pelo o a bajar cinco kilos o parecer enigmática) y me llevan a ser otra distinta de quien soy no sirven porque tengo que sostener el rol en el tiempo y el muchacho que se cruce conmigo tiene que ser muy tonto para no darse cuenta.

Aunque todos parecemos siempre un poco mejores y distintos cuando nos estamos conociendo, con el tiempo salen a la luz los aspectos más profundos, que siempre asoman  quiérase o no. Por eso es tan inútil jugar a la inocente que tira el pañuelo de encaje para que el galán se lo levante si eres enérgica y mandona o simular ser súper activa cuando te gusta dormir todo el fin de semana o decir que amas cabalgar, porque a él le gusta, y le tienes terror a los ponies.

Hay un solo consejo que no falla jamás: ser una misma con lo bueno, lo mediano y lo malo que una tiene. Si te conoce así y le gustas no hay posibilidad de que surjan sorpresas luego. Por supuesto,  tienes que ser astuta también y leer bien las señales para asegurarte de que él es como parece y que no está histeriqueando (algo que ya no es exclusivo de las mujeres) para parecer otro.

Yo a estas alturas tengo claro que definitivamente quiero un par, no un león rendido. Así como no sueño ir por la vida como trofeo de nadie tampoco quiero sentirme domadora de leones.

¿Y tú?

Por: Daniela Di Segni

Fuente: Divertidas

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