Ni treinta páginas llevaba leídas Julia Roberts cuando dejó Comer, rezar, amar a un costado y salió eyectada hacia su computadora. Casi sin respirar, se metió en Amazon y compró un libro igual al que estaba leyendo, para regalarle a Paige, su mejor amiga, que vive en Chicago. “Se lo envié de inmediato y terminamos leyéndolo casi en tándem. Yo quería leer este libro mientras alguien a quien amara lo estuviera leyendo al mismo tiempo. Quería tener la seguridad de que, en algún lugar en el mundo, ella supiera lo que yo sabía”, reconocería algunos meses más tarde la actriz de Mujer Bonita. Antes de que su agente le enviara el libro, Roberts no tenía idea de la existencia de Comer, rezar, amar, ni había escuchado hablar de la escritora y periodista norteamericana Elizabeth Gilbert, autora de uno de los libros más exitosos de los últimos tiempos.
La “novia de América” ignoraba que la creación de Gilbert era responsable de un inédito boom de ventas. Lanzado al mercado norteamericano en 2006, el libro lideró la lista de libros que elabora el prestigioso The New York Times, por más de 151 semanas; en lo que va de estos cuatro años, sólo en los Estados Unidos vendió más de siete millones de copias, y fuera el éxito se replicó: fue traducido a 30 idiomas y se vendieron más de un millón de ejemplares. En febrero de 2008 y a través de Editorial Aguilar, el libro fue lanzado en Argentina. “El libro tuvo gran éxito desde el principio: se reimprimió varias veces (va por su sexta edición) y en los últimos meses las ventas tuvieron un repunte más que significativo debido a las redes sociales, a las expectativas generadas por el estreno de la película y, finalmente, a la salida de Comprometida, el nuevo libro de Gilbert, que es la continuación de su historia de amor”, confirman en Aguilar.
Pero de todo lo que fue pasando durante los últimos años y que determinó qué Comer, rezar, amar se convirtiera en objeto de culto de un fenómeno cultural sin precedentes, Julia Roberts no sabía nada. Lo que sí supo ella en aquel entonces fue que el libro la había embrujado, y que durante el tiempo que la lectura la consumió no pudo evitar ponerse en la piel de la protagonista que, justamente, es Elizabeth Gilbert. Casualidad, destino u obra de Dios, poco tiempo después Roberts fue convocada para llevar al cine las memorias casi de cuento de hadas de Gilbert. A los treinta y pico, Gilbert parecía tener todo lo que todas alguna vez queremos: atravesaba un buen momento laboral, tenía un marido y la casa soñada. Un solo problema: no era feliz. No quería hijos. No quería ese matrimonio. Después de llorar y llorar cada noche encerrada en su baño, Gilbert decidió pedirle el divorcio a su marido. Pensó que sería fácil, pero –según reconoce en el libro– él hizo todo lo que estuvo a su alcance para complicárselo. Deprimida y devastada, Gilbert decide emprender un viaje de casi un año para curar su vida y recuperar el equilibrio: a través de la pizza, el helado y la pasta descubrirá el placer en Italia; hará contacto con lo divino en un ashram de India; y encontrará el amor en Indonesia.
“Todos hemos tenido un momento así en nuestras vidas: a veces es un fin de semana, un mes o un año, pero te ponés a pensar y decís: ‘No hay salida’. Uno tiene que aprender a encontrar la paz dentro de sí y exorcizar la inquietud y la autocrítica permanente. Uno tiene que aprender ‘¿Por qué uno no puede estar feliz con su vida?’”, confesó Roberts, quien pasó cuatro meses filmando en los tres sitios donde Gilbert alcanzó la armonía y que pronto saldrá de gira para promocionar la película que fue producida por Brad Pitt, y que contó con la presencia de Javier Bardem y James Franco. Aunque el film recién se estrenará el 13 de agosto en los Estados Unidos, los expertos ya vaticinan que la película basada en el mega best-seller de Gilbert será uno de las más exitosas de la temporada, tras el éxito marketinero de Sex & the City. Estos pronósticos favorables mantienen exultantes a los fans de Gilbert, una legión tan fiel como global (liderada por la mismísima conductora norteamericana Oprah Winfrey) que en los últimos días se vio regocijada con el lanzamiento mundial de Comprometida, que está en la calle desde la última semana de junio.
El efecto Gilbert.
Rubia, de ojos azules, dueña de un look nórdico y un corte de pelo a lo Meg Ryan, Elizabeth M. Gilbert nació el 18 de julio de 1969, en Waterbury, Connecticut, Estados Unidos. Vivió con sus padres –él, un ingeniero químico, y ella, una enfermera– en una granja dedicada a la plantación de árboles de Navidad. Una vida ascética (sin plasmas, equipos de música o aparatos electrónicos similares), hicieron que tanto ella como su hermana Catherine se la pasaran leyendo y escribiendo libros. “Vivir en una granja supone mucho trabajo, el único momento que mi hermana y yo teníamos libre lo dedicábamos a leer. Leer era una suerte de refugio”, manifestó. Elizabeth supo desde muy chica que quería escribir (“Escribo desde que me aprendí el abecedario”). Así, en 1991 y después de egresar de la Universidad de Yale, donde estudió Ciencias Políticas, se lanzó a “recolectar experiencias, voces y paisajes” –según contó– que le sirvieran para escribir. Escribió para Harper’s Bazaar, The New York Magazine, pero –dicen– fue su trabajo en Spin Magazine el que atrajo la atención de los editores de Gentlemen’s Quarterly (GQ). Para ellos fue que escribió, en 1997, The muse of the Coyote Ugly Saloon, un artículo basado en su trabajo como moza en Manhattan. “Creo que mi don, el más grande de los que he recibido, es ser escritora. Todo lo que aprendí del periodismo lo aprendí siendo camarera. La mejor y más exquisita lección de todas es que la gente te cuente todo. No hay preguntas que no puedas hacer si no sos hostil”, confesaría ella. Ese primer artículo sirvió de inspiración para la película Coyote Ugly (2000). Entonces empezaron los éxitos.
El perfil de Hank Williams III, que escribió para GQ ganó el National Magazine Award y fue incluido dentro de la antología de mejores escritores americanos de 2001. Su libro Pilgrims (1998), un compilado de cuentos breves, no sólo fue considerado libro notable según el New York Times sino que ganó el Ploughsares Prize y fue finalista para el PEN-Hemingway Award. En 2001 recibió el Kate Chopin Award por su primera novela, Stern Men (2001), en donde –según los comentarios– creó un personaje femenino que va más allá de las fronteras culturales. Su tercer libro, The Last American Man (2002), una biografía sobre Eustace Conway, fue nominado por el National Book Award y el National Book Critics Circle Award. “Siempre fui la más amada y la favorita de la familia y del destino”, reconoce en uno de los pasajes de Comer, rezar, amar. Sí, lo fue hasta el momento crucial en que su vida empezó a caerse a pedazos: el momento en el cual la sonrisa y la luminosidad a lo Julia Roberts, que siempre la había caracterizado, se le desdibujó de tanto llorar encerrada en el baño de la casa que compartía con el hombre con quien se había casado a los 25 años. Ahora, analiza: “Creo que esa crisis fue debida a la presión por tener hijos. Mi ex marido estaba muy impaciente por tenerlos. Y no había posición neutral: si decía que no quería tenerlos estaba diciendo que no quería estar casada. Mientras muchas mujeres empiezan a escuchar ese tic-tac biológico, lo que yo escuchaba era ¡tic-tac-booom! Yo no estoy hecha para ser madre. Creo firmemente que hay tres tipos de mujeres: las que quieren ser madres, las que quieren ser tías y las que no deberían estar rodeadas por ningún chico... Es importante que en algún punto de tu vida descubras cuál de ellas sos, porque las tragedias resultan de esas equivocaciones. Yo estoy feliz con mi rol de tía”.
Después de meses de terapia vino un divorcio tortuoso y comenzó un diálogo con Dios. Más bien fue al revés: primero empezó a hablar con Dios –sí, a hablar– después accedió a hacer terapia… sin éxito: “Estábamos en perfecto desacuerdo sobre lo que había pasado, y cuando dos personas no pueden concordar sobre una línea de la historia es indicativo de que no pueden vivir juntas”. Socorrida por su familia y sus amigos, algunos antidepresivos y el dinero que una editorial le daría a cuenta de un futuro libro, Gilbert se subió al avión que la llevaría hacia la curación de su vida. “Cuando tomé el avión a Roma, todo mi ser se relajó. Viajar y escribir son lo que soy, lo que amo. Más que nada necesitaba paz, algo que la vida moderna, con todas sus oportunidades, no ofrece. Uno de los monjes con los que estuve me dijo que el silencio es la única religión verdadera, y creo que en nuestro mundo loco, el silencio y la quietud son dos lujos. Hay que trabajar duro para crear esos templos sagrados para uno mismo”. Y así fue que, sin haberlo planificado, llegó al éxito sin escalas. Desde su aparición, Comer, rezar, amar se convirtió en una Biblia para millones de mujeres. Con todos los condimentos para ser el fenómeno que es (dosis perfecta de autoayuda, misticismo, honestidad brutal y una escritura de tipo confesional ciertamente atractiva y con bastante humor), el libro ha sido definitivamente inspirador. Consciente del efecto que ha generado, ella –que durante un tiempo considerable se la pasó contestando cada e-mail que sus lectoras le mandaban pidiéndole consejos– dijo: “No creo que divorciarse e ir a India sea una prescripción universal. Cada uno tiene que descifrar su propia sanación.
Las experiencias, por otra parte, no son necesariamente geográficas: yo pude haber encontrado mis respuestas en un suburbio de Detroit”. Sobre el éxito, Gilbert, con su estilo irónico y gracioso, le confesó a Oprah: “Cuando alguien tiene éxito en una cultura como la nuestra, la gente suele hacerte dos preguntas: ‘¿qué vas a hacer ahora?’ y ‘¿cómo vas a superar lo anterior?’ A mí me gusta el desafío de superación personal constante, aunque a veces es algo casi caníbal. Por suerte este éxito me tocó llegando a los 40, con mi cuarto libro y no con el primero; después de una depresión, un divorcio, años de terapia y un viaje espiritual. Tengo suerte de conocer quién soy. Sé que no soy una idiota indulgente ni que tampoco soy la próxima Deepak Chopra. De creer alguna de estas cosas, lo que vendría es la enfermedad mental”. Hace poco, en una conferencia a la que fue invitada a disertar, resumió: “No creo que vuelva a escribir algo tan íntimo y revelador como Comer…, un libro que escribí sin imaginar que tendría tantas lectoras. Cuando lo escribí pensé que se trataba de un viaje personal, con mis preguntas internas y mis búsquedas privadas. El viaje me hizo redescubrir la alegría, enfrentar mis errores y reconstruir mi existencia. Eso no sólo es importante para mí sino para los que me rodean. Después me di cuenta de que se trata de algo universal: cada personaje, incluso yo, ha sido desilusionado por alguien, ha desilusionado a alguien, ha tenido miedo de amar y ha amado otra vez. Es tratar de resolver quiénes somos en las relaciones y cómo nos reponemos para probar otra vez”.
Una sentencia al compromiso.
En febrero de 2007, la prensa anunció con bombos y platillos el casamiento de la novia fugitiva, Liz Gilbert. Para los que leyeron a pie juntillas Comer, rezar, amar, la noticia del enlace –una ceremonia pequeña llevada a cabo en New Jersey– debe haberlos descolocado. Si algo quedaba claro al leer el libro era que Gilbert y el matrimonio eran como las paralelas: nunca se tocan. Claro, el postulado sólo puede ser posible en el mundo abstracto de las matemáticas. Lo que sucedió fue que un día Gilbert y José Nunes, el hombre de 55 años del cual la escritora se enamoró en Bali (en el libro es presentado como Felipe), fueron detenidos en el aeropuerto de Dallas/Forth Worth por un oficial del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Después de retener a José e interrogarlo durante horas, el agente concluyó que para ser extranjero Nunes (brasileño con ciudadanía australiana) tenía demasiadas entradas en Norteamérica, aún teniendo visa. “La solución era que nos casáramos: nos estaban sentenciando al matrimonio”, diría ella mucho después cuando logró procesar el explosivo mensaje. Si ellos querían vivir en los Estados Unidos y continuar el negocio que habían montado (Nunes ya había instalado un negocio basado en la importación de piedras), no había opción.
Mientras la cuestión burocrática se resolvía, la pareja se fue nuevamente a dar una vueltita por Australia, Bali, Camboya, Indonesia, Tailandia y Vietnam. En ese viaje se gestó Comprometida, un libro completamente diferente a la novela épica en el Amazonas que pretendía presentar a sus editores y que le devolvió la fe para volver a escribir (después del éxito de Comer, creyó que su carrera había terminado). “Me pasé diez meses tratando de aprender lo más posible sobre este frustrante, contradictorio e interesante hábito humano que es el matrimonio”, confiesa ella, que actualmente vive con Nunes en una casa estilo victoriano en Frenchtown, un pequeño pueblo de Nueva Jersey. Sin hijos (Nunes tiene dos de su matrimonio anterior: Zo, 29; y Erica, 24), pero con un perro llamado Rocky, otras mascotas y un jardín lleno de flores que ella misma cuida. En Frenchtown, la pareja tiene Two Buttons, un local especializado en objetos de Asia y Sudamérica. Además de mucha investigación sobre hábitos y costumbres, en el nuevo libro hay entrevistas que les hizo a sus amigos y familiares. “Si los lectores quieren saber qué pasó entre Liz y el brasileño, tendrán que leer la historia del matrimonio en la civilización occidental. Encontrarán el chisme, sabrán lo que les pasó, pero mientras lo hagan recibirán mucha información”, promete ella. Acá, algunas opiniones de Gilbert sobre el matrimonio: “El matrimonio no es cosa para jóvenes. Esperá lo más que puedas para casarte, así las posibilidades de mantenerte con tu pareja para siempre se incrementarán notablemente. Si esperás, por ejemplo, hasta los 35, tus chances son buenísimas.
El otro tema son las expectativas: la gente de hoy está poniendo una gran cantidad de expectativas nunca vistas en la historia de esta institución. Esperamos que nuestra pareja sea alguien decente, nuestra alma gemela, nuestro amigo, nuestro compañero intelectual, nuestra pareja sexual, nuestra completa inspiración. Nadie en la historia humana le ha pedido tanto a su compañero. Es demasiado para un mortal y las decepciones explican el fracaso del matrimonio”. Para los que todavía no están convencidos sobre lo que encontrarán cuando lean Comprometida, Gilbert remarca: “No es un libro romántico. En verdad no quería que el romance arruinara mi investigación. Diría que Comer, rezar, amar es un libro romántico, aún antes de que la historia empiece. Pero hay una diferencia de tono entre romance y matrimonio. En los dos hay amor, aunque en formas diferentes”.
Si estas afirmaciones ahuyentan lectores de la vida de Gilbert, seguro volverán a aparecer cuando –en pocos meses– llegue a las librerías Displaced, el libro de Michael Cooper... señoras y señores, el marido abandonado por Gilbert.
Fuente: Para Ti




