La vida está llena de contradicciones. ¿Cuantas veces ocurre que cuando tenemos que salir de casa para trabajar nos gustaría quedarnos? ¿Y cuántas, cuando tenemos la oportunidad de que alguien nos mantenga vivimos soñando con tener un lindo puesto en una empresa importante?
Algo de eso le pasó a Soledad. Se había esforzado tanto para llegar a ser gerente de un banco que tuvo que posponer su maternidad por algunos años. No fue gratuito ya que también le costo un poco más de esfuerzo engendrar a sus mellizos Juana y Facundo, que finalmente llegaron. Soledad tiene a favor que cuando se impone una meta siempre la alcanza. Aún así no era del todo feliz, sentía que su importante puesto le demandaba muchas horas de su vida que podría, en cambio, dedicárselas a sus hijos.
Lloró cuando tuvo que dejar a cargo de la niñera la adaptación al Kinder, pero no existía la posibilidad de que el banco lo contemplara. Ni siquiera había pensado en plantearlo. Cada día le pesaba más levantarse temprano, organizar la casa para salir y regresar a la noche justo para darles un besito a sus mellizos antes de dormirlos. Además de culpa, sentía que se estaba perdiendo la etapa más linda en la vida de ellos. Jamás había podido llevarlos a una plaza después de la escuela, ni invitar un amiguito a casa. Hábitos comunes para cualquier madre normal.
Por otra parte, en su trabajo llovían las complicaciones, eran demasiadas las presiones, y las demandas cotidianas sumadas a las del hogar se volvían muy estresantes.
Lo sobrellevó durante un par de años hasta que un día su cuerpo dijo basta y el médico le aclaró que urgente debía hacer un cambio de vida de 180 grados. Como el susto fue grande para todos, su marido le planteó la posibilidad de que dejara de trabajar, al menos durante un tiempo hasta recuperarse y conseguir un empleo que le demandara menos tiempo y con menos presiones. “Siempre te quejas porque no puedes pasar más horas con los niños. Es la oportunidad para hacerlo”, Pablo intentaba hacerla reflexionar.
La decisión no era fácil porque, si bien el sueldo de él alcanzaba para mantener a la familia, vivirían bastante más ajustados. Por otra parte, ya no contaría con la ayuda de la niñera. Pero no había muchas posibilidades de dudar, el médico fue muy claro. Así que aceptó la propuesta; después de todo, los chicos ya estaban más grandes.
Y la vida cambió de golpe… Aunque se sentía algo desubicada con los horarios, los primeros días fueron bastante felices. Por fin llevó a los chicos a la plaza, por fin invitó a sus amiguitos a casa y por fin cocinaron juntos un rico pastel… Era lo que siempre había soñado pero sin embargo algo le faltaba… Ver en la escuela a las otras madres arregladas para irse a la oficina le traía un poco de nostalgia. Por otro lado, los chicos estaban más demandantes y caprichosos que nunca, cuando ella había pensado que los vería tan felices.
La rutina comenzaba a agobiarla y los horarios le parecían cada vez más tiranos. Pablo no se quedaba atrás y comenzaba con exigencias del hogar: “¿Planchaste la camisa azul? ¡Te dije que la necesitaba para hoy!” ¡Cómo odiaba esa tarea! También la agotaba cocinar todos los días. No es que no le gustara pero sólo lo había hecho en los momentos de relax. Así, poco a poco sintió que la casa comenzaba a asfixiarla; pero la otra opción que era volver a ese trabajo tan estresante tampoco la convencía.
Sin embargo, se dio cuenta de que en realidad lo que le sucedía era que no sabía bien estar desempleada, ni tampoco había nacido para ser ama de casa. Desde joven, luego de graduarse en la Universidad había comenzado con su primer trabajo y nunca más paró. Aprender a trabajar le había resultado fácil y, paradójicamente, se sentía como una analfabeta a la hora de ocuparse de la casa, del marido y de los chicos.
De pronto había perdido su lugar en el mundo y nada la satisfacía. Mejor dicho, lo único que la hacia feliz eran sus dos pequeños. Acerca de eso no dudaba.
Los días pasaron y luego de unos meses las cosas se empezaron a acomodar, el tiempo ya no la dominaba sino que era al contrario y gracias a ello se dedicaba a su jardín que le daba mucho placer. Ella tenía una mano especial para las plantas, eso le decía su amiga Patricia. Y también ella fue quien le sugirió: “¿Por qué no te dedicas al diseño de jardines?”.
Soledad pensó que después de todo la idea no era tan mala. No se imaginaba estresada en un trabajo como ese, en contacto con las plantas que tanto placer le daban. Por otro lado si trabajaba por su cuenta tendría la posibilidad de acomodar sus horarios. Sólo había un inconveniente: debía profundizar sus conocimientos. “¿Y quién te lo prohíbe?”, la alentaba su marido. Y al siguiente mes se inscribió en esa carrera. Así surgió un camino que jamás se hubiera animado a recorrer si hubiera seguido con el ritmo vertiginoso que le implicaba su empleo. Hoy consiguió el equilibrio perfecto entre el trabajo, la familia y el hogar.
Por: Paula Halperin
Fuente: Minuto para mamá




