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Cuando el compromiso es una carga pesada

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Mauricio y Conny se conocieron luego de sus respectivos fracasos matrimoniales. Él venía con el corazón herido y ella estaba absolutamente descreída del amor. Hacía rato que no le pasaba nada con nadie. Por eso, la relación comenzó de lo más natural, sin expectativas, sin presiones…

Aunque Conny había asegurado una y cien veces que ya no volvería a enamorarse, sin esperarlo, lo volvió a hacer. Mauricio también se sentía muy a gusto con ella y no dudó en corresponderla. Los días pasaban y cada vez se veían más seguido. Aunque vivían a unos cuantos kilómetros de distancia, era impensado un fin de semana separados; salvo cuando los hijos de él le reclamaban dedicación exclusiva. Lo que a Conny al principio le gustaba de su pareja (por ser tan buen padre), pero luego la terminó por cansar; cuando se repetía cada vez más seguido. Ella tenía una nena y un nene preadolescentes, que le traían algunos dolores de cabeza pero jamás le impedían estar con su novio.

En un abrir y cerrar de ojos el tiempo pasó, y cuando miraron hacia atrás se dieron cuenta de que ya habían cumplido tres años juntos. La distancia ya pesaba bastante. Había días en que ella no sabía en dónde se despertaba, si en su casa o en la de su novio, y la ropa estaba distribuida en ambos hogares. Ya no se sentía tan a gusto viviendo de esa manera. Algo le molestaba y creyó saber de qué se trataba. Entonces, pensó que era hora de plantearlo en la relación: “Nosotros no tenemos ningún proyecto en común”, soltó un día mientras estaban discutiendo por la ex de Mauricio.

Hasta ese momento, nunca se había animado a hablar del tema. Se dio cuenta de que siempre estuvo esperando que el planteo saliera de él, pero no sucedía. Podría seguir anhelándolo eternamente. Por eso se animó y dio el primer paso, que no tuvo buena recepción en su novio. Al principio pareció no escucharla, ya que seguía con la discusión evitando tocar el tema. Pero luego, cuando ella lo repitió en un tono más contundente terminó por decir que no era su momento, que sería un lío con los chicos, que seguramente habrían peleas familiares, que él no podía moverse de la zona en la que vivía y que no era conveniente que ella se fuera de su vecindario por la escuela de los niños.

Conny se sintió muy triste porque nunca imaginó un no como respuesta. A lo sumo un “quizá más adelante”.

La relación comenzó a estar en crisis. Entró en un círculo vicioso que cuando parecía que se iban a separar se extrañaban y se unían. Pero, luego, cuando todo estaba muy bien venía el planteo de ella y se distanciaban nuevamente.

Ya llegaba el nuevo otoño y Conny recordó que había pasado exactamente un año desde que comenzó a pedirle a su pareja tener un proyecto en común. Y él siempre la había evadido. Pensó que no quería estar los siguientes doce meses de la misma manera; por ello, esa noche pondría el ultimatun: “Nos juntamos o nos separamos”. Una vez más, la respuesta fue negativa. “Seguramente se le pasará, como tantas veces”, imaginó Mauricio. Pero no sabía que esta vez era en serio. Su pareja no estaba dispuesta a aguantar un “no” más. Sin dudarlo, Conny retiró la ropa de la casa y le dijo adiós.

Los días pasaron y la nostalgia comenzaba a ahogar a Mauricio. Sin embargo, no estaba dispuesto a resignar la libertad que había ganado cuando fracasó su matrimonio. Y en el fondo sabía que si quería volver con Conny sería para redefinir la relación. Trató de aguantar las ganas de verla. Salió con otras mujeres pero se dio cuenta de que sólo deseaba estar con ella, de la que no tenía ni una noticia. Después del último adiós parecía que se la había tragado la tierra.

Tan insoportable se volvió su deseo de verla que comenzó a pensar en la posibilidad de irse a vivir juntos. Quizá podrían hacer una prueba. Y la llamó para que se reencuentren. Finalmente Conny lo había logrado. No podía creer lo que estaba escuchando ese día en el bar. Él le decía que en la siguiente primavera podrían empezar a convivir, pero que le diera un tiempo para acomodarse y planteárselo a los niños. A ella esta vez no le importó esperar. Había conseguido por fin la respuesta que quería.

Ese día se fue a su casa un poco confundida. Algo no la hacía feliz y no sabía qué era. ¿O sí? ¿Estaba preparada para convivir con Mauricio y sus hijos? Trataba de evitarlo, pero el pensamiento se le aparecía una y otra vez. No estaba realmente segura… ¿Y si los niños se llevaban mal? ¿Y si el noviazgo se volvía rutinario? ¿Y si no le gustaba la convivencia? ¿Cómo se lo diría? Quizá podría tener una nueva charla para plantearle a su novio la posibilidad de esperar un buen tiempo más. Después de todo, ¿qué apuro había…?

Por: Paula Halperín

Fuente: Minuto para mamá

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