Hay personas que con cuatro o cinco horas de sueño en las noches ya tienen energía para todo el día. No me cuento entre ellos. Si no duermo ocho horas corridas soy un zombie en las mañanas y toda mi rutina se altera.
Desde que soy madre arrastro unas “lindas” e inseparables ojeras, aunque la situación ha mejorado considerablemente a medida que el niño ha crecido. Pero todavía hay madrugadas largas en las que el sueño se interrumpe más de una vez.
Si me acostara temprano, digamos, sobre las 10 de la noche, no sería problema dejar la cama a las 6:30 o 7:00 AM, pero soy lechuza. Mi energía física y mental se activa de noche, y trato de aprovechar ese momento de calma en casa para escribir, hacer las tareas atrasadas durante el día o simplemente para tener un momento de paz a solas conmigo misma o con mi pareja.
Soy así desde que era adolescente. La primera clase de la mañana no era precisamente mi favorita. Y mi hora predilecta para prepararme para un examen era la madrugada. Después vinieron los primeros años de una profesión en la que las mañanas no solían ser productivas: trabajaba en un periódico matutino, que cerraba su edición tarde en la noche.
Digamos que durante esa etapa de mi vida pude arreglármelas, pero ahora me vendría bien un cambio. Las madres lechuzas la pasamos mal durante la primera etapa de la crianza de los hijos, cuando están aún regulando su reloj biológico y estableciendo sus patrones de sueño. Dormimos mal la noche y no podemos recuperarnos en las mañanas.
Por eso cuando nació mi bebé traté de convertirme en una alondra: la perfecta madrugadora que ve salir el sol desde la ventana de la cocina, mientras prepara una taza de café. Ni que contar que el propósito fue un fracaso. Fui una ilusa al pensar que lograría tal metamorfosis.
Todavía abro los ojos al amanecer, pero recostada a la almohada y luchando por levantarme. Por suerte tengo a un príncipe que se levanta antes y me alcanza una salvadora taza de café a la cama.
Con todo esto el sueño es un tema que me apasiona, ¿o debería decir que me desvela? Hoy estuve leyendo un artículo sobre un estudio publicado en la gaceta Neuroendocrinology Letters, de Neuroendocrinología.
Los investigadores del Instituto Politécnico Rensselaer hallaron que el efecto de la luz en el reloj biológico de 24 horas podría tener un papel importante en los problemas del sueño.
Lo recomendable, según el estudio, es tener una exposición diaria a la luz en las primeras horas del día para activar una hormona llamada melatonina, que ayuda a inducir el sueño nocturno.
Quizá la rutina de salir a caminar unos 20 minutos temprano en la mañana, para cargar suficiente melatonina para la noche siguiente, podría ayudar a una lechuza recalcitrante a convertirse en alondra. Creo que a partir de mañana haré el experimento.
Y tú, ¿eres alondra o lechuza?
Por: Aracelis Perez-Mayan
Fuente: Mujeres Orquesta - 19/02/2010




