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Después de 8 meses con el anillo de compromiso en su dedo anular Lucía tenía ya todo preparado para el día de su boda. Dos días antes de ir al altar nos reunimos con ella para hacerle su despedida de soltera, con todos lo juguetes como dirían por ahí, tantos clichés como se nos ocurrían preparamos para decirle adiós a los días de soltera de nuestra amiga. Incluimos el pastel gigante del que salía bailando el corpulento stripper vestido de policía, cosa que a todas nos parecía de muy mal gusto, pero que con unos tragos nos pareció lo más divertido del mundo.

Era un día bastante significativo para todas, era despedirse de esos días de amigas casi adolescentes que se divierten por ahí mirando algunos tipos, coqueteando, hablando al oído, haciendo señas, bailando alguna canción que nos subía el ánimo, contando alguna historia de principio de amor que tenía un final apresurado y terminaba en nada. Era el fin. Por más que quisiéramos tenerla como siempre, el matrimonio era algo que le cambiaría la vida a Lucía, además Manuel, su novio, (¡su prometido!) era el tipo de hombre que quería pronto una familia, tenía casi que su vida planeada con fechas límites.

Después de mucho reírnos con el stripper, tomar algunos tragos de más y escoger la ropa interior para su luna de miel, nos sentamos con cara de drama todas, con cara casi de funeral, entonces pasamos de la risa al llanto cuando Patricia empezó a decir sus palabras de despedida: “no le decimos adiós a la amiga, porque dicen por ahí que las amigas son para siempre, pero no nos digamos mentiras, las cosas no serán igual, por eso la despedida hoy es para decirle adiós a los momentos, a esos que pasamos y los que ya no pasarán porque vendrán otros que igual te traerán alegría pero formando una familia”, parece un poco más dramático de lo normal, bueno sí lo era, esas cosas suelen tener más importancia en ese momento en particular cuando toda la sensibilidad está a flor de piel. Lucía estaba muda, lloro mucho, sólo abrió la boca para decir: “ya no sé si sea el momento para casarme”, todas nos lanzamos a sus brazos sin pensar que lo decía en serio y así terminó la despedida.

Dos días después estuvimos todas en la iglesia, maquilladas y vestidas de gala como si nada hubiera pasado, listas para celebrar, ansiosas por los quince minutos que se hizo esperar la novia, pero más nerviosas aún cuando apareció y vimos su cara, no era la novia feliz, no caminaba convencida, los siete metros que la separaban de su futuro esposo parecían kilómetros, cada paso que daba hacia adelante pesaban como si llevara zapatos de acero, nos miró y su gesto nos dijo todo. Salió corriendo de la iglesia.

Miedo. Nos dijo, tenía tanto miedo, miré mi futuro, con hijos con un hombre al lado al que le había prometido estar a su lado hasta que la muerte nos separe, con esa responsabilidad a mi espalda, no estaba preparada, agregó, no es que no lo quiera, sino que él está tan seguro, tan decidido, que me di cuenta que no quería aceptar que quizás yo no había madurado esa idea, que simplemente pensaba que era un camino que debía seguir como mi familia me lo enseñó, además definitivamente si alguien sería un buen esposo sería él, pero definitivamente yo no lo sería, no es mi momento, quiero seguir en la calle con mis amigas, no estoy preparada para ser madre y bla bla bla bla.

Lucía tenía todas las razones para decir “no” o para salir corriendo vestida de novia, la entendimos. Pensamos que era mejor hacer a este tipo infeliz por unos días que de por vida y de paso ella se arruinara la suya por cumplir con algo de lo que no estaba totalmente convencida.

Yo nunca había pensado en que esta decisión fuera tan importante, muchas veces pensaba que si no funcionaba se dejaba, pero claro que podría traer más dolor y no es el hecho de firmar un papel o de decir “sí” ante un altar o ante un notario, es el compromiso desde adentro, es el “sí” ante nosotros mismos y el otro, para mí sería muy bonito que ese “sí” sea sin miedos, con la total convicción de que se vivió todo lo que se quería vivir antes de empezar a construir entre dos, con la idea pensada, sentida y madurada. Cuando es así la idea de casarse da escalofrío, de lo contrario se podría decir “si” tantas veces cuantas sea necesario equivocarse, así como las estrellas de cine.

Por eso digo que se vale el miedo a casarse, sí, se vale porque es darle el valor al nivel del compromiso que realmente tiene o ¿tu qué piensas? ¿el matrimonio es ahora una cuestión de “prueba/error”?

Por: Catalina Sierra.

Fuente: Entre Amigas

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