Conocí a mis amigas en la escuela primaria y son contadísimas las ocasiones en las que nos hemos distanciado, casi siempre por cuestiones geográficas o exceso de trabajo, pero nunca por una mala onda; nos conocemos en las buenas, en las malas y en las peores. Es quizás por la larga historia que tenemos (nos sentimos como hermanas, ni nos cuestionamos nuestro cariño) que tememos defraudarlas.
El año pasado se casó María, una de las chicas del grupo, y entonces comenzó a distanciarse. Pensábamos que era normal, un tiempo de adaptación, largos fines de semana disfrutando la vida en pareja… Sin embargo, hace un mes las demás chicas decidimos que ya no queríamos esperar más: le escribimos mails, le mandamos mensajes por fesibuc, le llamamos por teléfono. A todo nos respondía con evasivas o de plano nos ignoraba. ¿Estaría enojada con nosotras?
- Pero si le llamamos cuando nacieron sus sobrinos -dijo Tina.
- Y nos acordamos de su cumple -secundó Roberta.
- Y del de su marido -añadí.
- Ya. Hay que caerle de sorpresa en su casa -ordenó Roberta.
El fin de semana pasado nos presentamos en su casa como a medio día, tocamos el timbre y María contestó el interfon con la voz entrecortada.
-Estás llorando -dijo Tina.
-Bueno, no es nada grave, chicas.
-Volvemos más tarde si quieres -dijo Roberta.
-Sí, por fa -respondió María-. ¿Pueden pasar en una hora?
Regresamos por ella: se veía fatal, estaba hecha un mar de lágrimas, había subido como cinco kilos desde su boda hace seis meses. Compramos un café para llevar y nos sentamos en el parque. Cuando se calmó, comenzó a contarnos que se había distanciado de nosotras por presiones de su marido. El argumento: “Tus amigas son una mala influencia para nuestro matrimonio; una divorciada, una separada y una soltera de 30 años no son de fiar, seguro te sonsacarán para hacer de las suyas”. Pero ahí no terminaba el asunto, también había juzgado su relación familiar, diciéndole que verlos cada fin de semana no era sano, que de haber sabido que tenía “mamitis” mejor ni se hubieran casado. Con los amigos del trabajo ni siquiera tuvo que hacer algo; la iba a dejar por la mañana a la oficina y la recogía por la noche, ni chance de que se fuera a tomar un café con alguien o saliera de “juevebes” con todos los de su área.
“El otro día me gritó horrible porque me tardé una hora hablando por teléfono con mi hermana”, dijo María, “pero tenía a mi sobrina enfermita y necesitaba desahogarse. Ya no sé qué hacer. Él no era así cuando salíamos, o quizás sí pero no me daba cuenta y pensaba que era un hombre demasiado protector. Ahora me siento sola y agredida por la persona a la que prometí amar a pesar de todo.”
Una de las chicas comenzó a despotricar contra los hombres, que si son unos machos que si no sé qué. Pero yo les conté el caso de un amigo que era agredido psicológicamente por su novia. Ella le armaba escenas de celos por que volaba la mosca, él fue cediendo hasta que terminó aislado de las personas que podían orientarlo o ayudarlo. Con lo cual, este problema no es cuestión de género.
Aunque todo pinta a que el aislamiento ocurre por causa de una pareja manipuladora, creo que hay algo más. En tantos años de conocer a mis amigas, puedo decir que este alejamiento también depende de nosotras. Por otro lado, nuestras amigas saben realmente quiénes somos y por qué nos comportamos de cierta manera. Al mismo tiempo, ellas funcionan como un espejo que pocas veces nos devuelve una imagen complaciente. Una amiga te dice la verdad, por más cruda que ésta sea, ella no va a dejar que te hundas en la depresión, va a luchar porque abras los ojos. Incluso sin hablar, con una sola mirada o un abrazo ya nos está recordando que merecemos ser amadas y respetadas.
Creo que por lo menos una vez en la vida hemos caído en una relación con alguien que descalifica a nuestros seres queridos y con ello invalidan nuestros afectos más profundos. Es ahí cuando empezamos a propiciar el aislamiento; inconscientemente sentimos vergüenza de mostrarnos a nuestras amigas porque estamos instalados en el círculo vicioso de una relación destructiva. Traemos el autoestima tan baja que creemos que van a rechazarnos o a juzgarnos. Sin embargo, estar con las personas que nos quieren desde siempre, escucharlas y dejarnos acoger por su cariño puede salvarnos de la rapiña moral que estas personas suelen ejercer sobre nosotros.
Es increíble lo que una red de cariño puede hacer por las personas. Ahora estamos monitoreando a María todos los días; ni siquiera le mencionamos al marido, sólo la bombardeamos con besos, chistes locales y frases que la animan. Ella se siente más tranquila pero todavía no sabe cómo manejar la situación, quizás poco a poco recupere la confianza y logre afrontar el problema. Pase lo que pase, ahora ya sabe que el amor no sólo está entre los brazos de su marido.
¿Te ha pasado algo así? ¿Tu pareja ha descalificado a las personas que quieres? ¿Cómo lo has solucionado?
Por: Luza Alvarado
Fuente: Entre amigas - 01/03/2010




